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sábado, 16 de agosto de 2014

NOSTALGIA




Si  me adoraste y me creíste y dos lunas morenas estaban en tus ojos,
y  junto al puente  en Luján me besaste en la palidez de una tarde cualquiera,
mientras entrecerrábamos los ojos y veía el semicírculo blanco de tu sonrisa
destellando en el negro de mis ojos cerrados y sentía que las luces en la basílica y la plaza se fundían
y me decía sin decirlo que aquéllo era demasiado, como para no irme nunca
¿Dónde estás ahora, en qué silencio absorto tu distancia se aleja siempre más, se despide ?

Antes de la ternura de tu cuerpo, siempre en algún lugar, en una piedra,
en un par de zapatos deslustrados, en una foto vieja dentro de un libro,
en un tramo de fiesta o un amigo  extendiéndome el rostro mientras me da la mano,
lloras en mi memoria, aún cuando la angustia se distraiga y me mire
tan compasivamente que parece que fuéramos a vernos nuevamente.

Lejos, en la alameda, en los pinares, cuando el viento se apoya y hace señas,
con sus manos sacudiéndose en las nubes, y observo el campo
desde el automóvil, el tren o el micro-bus, en pleno viaje,
siempre, me llega esa impresión de recoger  nostalgia y reciclarla
y de pensar que tú me estás pensando, viendo tras tu ventana mar y cielo.

Una ilusión de llanto sin respuesta, de alegría sin eco,
arroja hacia delante mi ser, su onda de vigilia, pero no la retorna
meridiana, como el sonar al buque o el radar a la aeronave,
no dibuja tu rostro o tu figura dándome una seguridad
para esperarte después de cada acción o cada gesto.

Sólo un adiós lejano, desprendido del nunca más, levanta su témpano de hielo,
su iceberg detenido en las aguas vacías que habrán de sorprenderme.
Navego en tanto, soy sólo transcurso y oigo un rumor de mar quebrándose en astillas
contra mi corazón hecho de amianto y terciopelo rojo y ya de utilería y sin empleo.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de Salvador Dalí)