Derramaba sus piernas,
derramaba sus manos,
derramaba sus senos,
sobre todo sus senos
de una enorme abundancia.
Pero cuando se iba
derramaba su ausencia
y dejaba sus huevos,
silvestres,
en la raíz del miedo.
Una vez la citaron.
Le reprocharon sus volúmenes.
Era culona y gorda
pero excitante.
Le tiraron sus huevos a la cara
pero después la ira se encendió
y hubo miedos
en todo la comarca.
Ella los miraba
con cara de puerca,
con cara de perra,
con cara de pata,
con cara de loba.
Y mientras lo hacía
mutaba delgada,
variaba de cara,
a perra,
a pata,
a loba.
Después supimos,
con pieles erizadas
de hombres sorprendidos,
que la mujer salvaje
había pasado por nuestras calles,
nuestras vidas,
nuestros miedos,
nuestras ansias
y que sus huevos eran
embriones sustantivos de esperanza.
Amílcar Luis Blanco (Pastel de Carlos Nine)
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