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lunes, 14 de febrero de 2011

Afrodita

La luna como un vasto laberinto
de blancura intrincada,
como esa red que Hefestos dedicara
a su Afrodita adúltera y amada
se refleja en el agua del río.
Y es una larga gota temblorosa
de palidez de perla descuajada.
La luna, la que nívea te miraba
y apagaba tu ardor y lo encendía
al ritmo de tus párpados,
del pulso que nuestra sangre
a tus senos desnudos, palpitantes,
a nuestras pelvis sexo cautivadas,
caldeadas de deseo les imponía,
ahora se desvía y aparta su mirada
porque no estás ya conmigo.
Hasta parece
una sucia pupila que llorara.

¿Es Afrodita la que se evapora
de todos mis deseos?
Ella conserva la candente rosa
de su sexo de valva, la caverna,
que aferrara en sus lazos
la potencia de Ares
y hechizara al voluptuoso Hermes
y aún a Poseidón. Es la sirena
que transformara en piernas
y grupas separadas su extremidad de pez.
Ella es. Ella es. Ella es.
Ella es en todas las mujeres,
deseadas, pudorosas, entregadas,
en todas, ardorosas, congeladas,
en todas a la vez.

Soy quien teje la red.
El zángano que espera
Que le arranquen antiguas primaveras
Y le restituyan sensatez.
El que quiere el amor de la cautiva
De la lujuriosa y la lasciva
De la adúltera y dueña del placer
De la eterna Afrodita que me enseña
Otra vez, cada vez, a renacer.-