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miércoles, 9 de febrero de 2011

Cayéndome

Cayéndome de la lanceada que un silencio
me abre en el costado desde una pesadilla;
ese costado por el cual al nazareno se le habrá ido el mundo
como una bola de dolor rugiente
cuando se arrepintiera de ser el hijo de su padre,
escucho un tango hecho de mi mismo,
de mi costilla fiel hasta perderme,
un tango que dan ganas de llorarlo
o un llanto que uno muere por tanguearlo.
Y a lo lejos revolea el corazón como un pañuelo absurdo.
Y bailo.
Bailo en las orillas de todas las puertas,
entre piernas desnudas de mujeres desnudas,
desde el origen mismo de ese humor metabólico
contra flancos desnudos de mujeres,
tan metido, abrazado, frágil, débil,
muriendo como siempre, ya se sabe.-