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sábado, 25 de junio de 2011



Horacio Rega Molina
POEMANÍA






HORACIO REGA MOLINA (*)





MONOGRAFÍA DE UNA MANO LABRADORA




La mano sin tocar, sin hacer nada,

Máscara en sombra clara y luz obscura,

Ceñida piel de tierra cultivada

Y venas como riacho de llanura.



En cinco dinastías renovada

Su fuerza y benemérita dulzura.

La palma es de su amor la bocanada

Que en el nudo del puño se asegura.



Firme, parece en su sopor profundo

Que en síntesis del hombre y de su mundo

Pesara mucha más que todo peso.



Pero la mano, como ayer, ahora

Sabe lo que es y lo que puede, y llora

Con una seca lágrima de hueso.






ODA CON UN CABALLO PATRIO



El caballo encontróse de pronto con que le faltaba el cuerpo del jinete.

Ninguna afirmación entre el cenit y su lomo.

Bravocea al desafío atávico de las distancias.

Su indeleble trote era merced innecesaria

pues hecho estaba al peso de una imagen cuyo nombre

hacía volver la cabeza al enigma

aunque era como el árbol, que ya nace descrito

y patriarcaba, dichosa, en el vino nuestro de cada pulpería.

Las riendas perdían ataduras de la soledad

acariñado el amarillecer del pasto fundido al suelo como sarro

en esa fosca noche

en que una estrella le roba el fuego a otra estrella.

La bien hinchada luna olía a frutos del país.

Entonces se destuvo, levantó la testa, dilató los ollares,

miróse luego los cascos que mahirieron el sentido dinástico de las flores

olió su propio olor de fogata de cuero,

y se reconoció potro nacido a cuatro rumbos,

aquella mañana, cuando el oírse como en los primeros tiempos

el versículo veintiocho del Génesis

los hacendados pusieron en el fuego los hierros de marcar.

Su condición de bestia caída, expulsada del paraíso de las bestias

tornóse portentosa al dejarle la sombra

tan sólo las formas más salientes

como esos objetos envueltos en un lienzo.

La mitad de la noche parecía haber encontrado el buen camino

de su estado a la espera de un acto, de una súbita

iluminación del espíritu nocturno.

Y pensó:

Todos los días hay alguien que resucita.

En ese mismo instante fue tomado de las riendas

hacia un espacio de otra geografía equivalente a su tamaño,

crecido milagrosamente en el lugar donde estaba

con límites de palenques florecidos por la fiebre de la madera

porque las tierras donde nacen y mueren los caballos

son las favoritas de Dios.







AL POETA ANDRÉS DEL POZO

Que me envió una baldosa de la casa natal donde nací





Oh tú, que al repertorio de mis penas

Envías de mi casa una baldosa,

En la que el tiempo, que jamás reposa,

Fijó recuerdos y detuvo arenas.



Pequeño territorio donde apenas

Cabe mi pie, y adolescente rosa

Por su color; y por su forma, losa

Del primer niño que se ahogó en mis venas.



Cuando pienso en el patio y su rumores,

En el hueco dejado, y que así rueda

Hasta mi amor, abandonando amores,



En parecida soledad me encierro,

Pues desde ahora todo lo que queda

Fuerza de esaq baldosa es mi destierro.







LA CASA DEL ACUERDO





He aquí que, como hace tantos años, la calle

Se llena de galeras de rancia y alta caja.

Se abre una portezuela crepuscular ¿Quién baja?

¿De quién es ese rostro, ese pecho, ese talle?



Caballeros que llegan de la ciudad, del valle,

De la montaña. Polvo con agua y nieve cuaja

Cada rueda de cada vehículo en que viaja

La patria misma, para que la guerra no estalle.



Un farol plañe luces. Las sanguíneas baldosas

Reverberan. La hierba nace entre sus junturas.

El aire acuña voces. ¿Quién olvida estas cosas?



¿Pedestal de qué heroica figura es el aljibe?

De pronto hay un silencio preñado de futuras

Grandezas. Alguien llora. Y el acuerdo se escribe.





(*)Horacio Rega Molina: nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1899 y murió en la Capital Federal, en 1957. Entre su obra poética publicada, podemos nombrar “La hora encantada” (1919); “El poema de la lluvia” (1922); “El árbol fragante” (1923); “La víspera del buen amor” ( 1925); “Domingos dibujados desde una ventana” (1928); “Azul de mapa” (1931); “Oda provincial” (1940); “Sonetos con sentencia de muerte” (1940); “Raíz y copa” (1943); “Patria del campo” (1946); “Sonetos de mi sangre” (1951); “Antología poética” (1954). En 1994 Plus Ultra editó sus dos libros póstumos, “Odas de vivac y de a caballo”, y “Consagración del fuego” . Fue un gran colaborador de distintos médios gráficos del país y el extranjero. Ganó, entre otras