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martes, 18 de enero de 2011

Romeo y Julieta

El amor desnudándose a miradas,
batiéndose a suspiros,
como piernas en paso de tango entrelazadas,
tocándose los cuerpos en los giros
y hundiéndose en los besos como en llagas,
escorados, heridos, navegando,
respirando la sal de sus sonrisas
más allá de venenos y de dagas.

Vida en perfiles, piedras y maderas,
en Cezanne o Kandinsky glamorosos,
en fin en otros plásticos, en gozos
y en esperas.
El amor escindido,
lastimado en su altura o absoluto
como antes no se viera,
como nunca se viera,
entre espadas, escorias y lamentos.

Después del acertar de cada ojiva:
la nuclear, la del hambre,
la endemia o el desprecio,
el apartheid famoso.
¡Peor que Capuletos y Montescos!
La herradura de dolor en el gesto
del negro postergado
y el llanto de la boca contraida
de la mujer preñada
con el crío famélico en sus brazos
esa impotencia mierda como una fiebre loca.

Después del glaucoma de lo mediatico,
la ampolla digital de la ceguera,
más tenebrosa, dura y descarnada que el Guernica-Picasso,
más tenebrosa, dura y descarnada que lo esperpéntico de Goya
o los seres de risas, obscenidad y espanto de Brueghel.
En esta soledad en que hemos quedado,
sin visitas, exentos de oropeles,
en este delirio de silencios y galpones vacíos
y norias artríticas de ritos en incólumes catedrales
y corruptos en palacios sin fines y sin tiempos,
Romeo y Julieta seguirán suicidándose en la críptica bóveda
y lo harán por amor, sólo por amor.