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lunes, 3 de enero de 2011

Universófagos.-

Yo sueño con tu amor
y a cada rato
me voy quedando muerto.
Abandono sedientos horizontes
sin dejarme beber y quedo listo
como para deglutir un cementerio.
Lo que se da de mi
lo que se niega
viene siendo lo mismo.
Aunque discurra el agua del verano
o aunque la hilaridad de las hormigas
penetre en el cemento
mi frente nunca accede
a voltear en mareo lo que adentro
hecho hambruna de tallos y universo
no cede, ni bisquea, ni contiene.

Es duro malambear,
tajear cajones,
abrir lo polvoriento.
Dirigirse al destino y atusarlo
como a un bigote enhiesto,
sabiendo que es de tiempo
y se nos vuela
nuestro seso al hacerlo.
Llevar el vino al vaso o a la boca
y pretender que su hontanar no es llanto,
cenagoso, salobre.
Creer no mar lo instante,
lo segundáneo,
lo sabor, lo resto.
Mar hundido en el ser desde uno mismo.

El pan en que abundamos
¿Es pan nuestro?
El que nos lleva tristes o triunfantes
las tripas de los miedos a los sueños
¿Es pan o piedra
o miga o canto o bloque de silencio?
¿Qué comemos entonces sino viento
o tiempo?
Soledad masticamos
y en el filo del pan hasta la estrella
para saciar nuestra languidez de infinito
se desmaya sin luz hasta perderse.
Somos universófagos sin cuento,
sin cura, sin talento, sin remedio.