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domingo, 13 de marzo de 2011

LA HEGEMONÍA DEL MIEDO.-

La más pérfida hegemonía, y este país lo sabe, cada una de sus cabezas lo ha sabido y cada uno de sus corazones sentido, es la del miedo. Miedo a no ser, a no poder seguir siendo, incluso físicamente, si partimos de los treinta mil desaparecidos que dejaron su irredimible huella, su hueco, su vacío,sus vidas, a manos de la más siniestra confabulación genocida de civiles y militares llenos de odio por talar y segar a quienes lucharon por la justicia económica, política, social; humana en resumen. Miedo a perder otra vez el futuro y retroceder a ese pasado de agresivas y destructivas privaciones propiciadas por esa clase de gente. Que vuelva ese pasado sin futuro, oscuro y opresivo, esclerosante, para la mayor cantidad y calidad de gente, limitándonos los más a ser espectadores de los menos, que son los que más tienen y menos dan, los únicos que pueden hacer y hacen casi todo lo que quieren. Los que han llegado a una posición de solvencia social y económica que les permite ser y ejercer la libertad de la indiferencia.-
Estas reflexiones me las ha sugerido la lectura del artículo de Beatriz Sarlo, publicado en “La Nación” de ayer, 12 de marzo de 2011, que habla de la hegemonía de una cultura kirchnerista que ella, naturalmente, denosta y deplora.- La juzga fundada en la creencia, actitud ésta primitiva y elemental que perjudicaría las facultades críticas de quienes adhieren fervorosamente al “Nunca menos”, especie de sentimiento dique, de represa emocional, instintiva que, formulada en una canción, llama a no retroceder en las conquistas obtenidas acerca de los derechos humanos, la distribución equitativa del ingreso, la inclusión social y la exaltación del sentimiento de amor y solidaridad a través de realizaciones dirigidas puntualmente a los desposeídos. Semejante manifestación de crecimiento y vuelta de tuerca que permite despegar del miedo, la ignorancia, la imbecilidad, el lavado de cerebros que propiciara y propicia la prensa hegemónica, siempre al servicio de los intereses de grupos monopólicos que cautivan el mercado y nos reducen a meros consumidores pasivos de lo que producen, le parece a Sarlo un síntoma de esclerosamiento y autoritarismo cultural. Ella ve las cosas al revés de cómo las veo yo y las ven muchos como yo.
Cita a Gramsci y diferencia entre hegemonías culturales auténticas y democráticas, horizontales, no propiciadas desde arriba, desde el poder, como sería para ella este “Nunca menos” de los Kirchner, que tendría así la marca de lo autoritario, de lo que va de arriba hacia abajo. Ante todo debería reparar en que esta manifestación es espontánea, surge de los jóvenes y no de alguna oscura directiva del Poder Ejecutivo gobernante. Debería tener en cuenta o advertir que se trata de, como en los coros o cánticos que emanan de las muchedumbres, un fervor, un sentimiento popular, una respuesta o repulsión a aquélla otra negra hegemonía, la del miedo.
También no estaría de mas que tomase en consideración que las burguesías liberales, capitalistas, hace ya por lo menos dos siglos que vienen practicando, además de la violencia, el prepo, la tortura y la muerte, cuando estos medios les fallan, la hipocresía y la mentira para defender, a capa y espada, con argumentos vergonzantes sus riquezas exageradas y asimétricas con respecto a la sociedad trabajadora que las crea y produce y, que éste combo cultural, bastantes veces hegemónico, es una burda patraña artificial, envejecida y maloliente, que ya nadie tolera porque la temperatura de la verdad o realidad que pretende ocultar o cubrir es tan alta que todas las creaciones de sus teorías efímeras, vacías y frívolas, se funden y derriten como le ocurriría a un témpano dentro de un alto horno. Señora Sarlo, la pobreza arde y quema, la exclusión social levanta todavía más esta temperatura de intemperie y arremete incluso contra el miedo paralizante que antes tuvo bayonetas, torturas y encierros y hoy tiene timoratos, serviles y lamentables abogados que tiritan de ese miedo pánico y tratan de apaciguar al poder.
Una canción, una creencia, la de que no debemos retroceder en las conquistas obtenidas, es también una convicción cultural. El estado de bienestar no lo obtendrá la humanidad quedándose de brazos cruzados. La polución ambiental, la contaminación de los mares y los ríos, talas de bosques, pruebas nucleares, no se terminarán dejando que las fuerzas del mercado libremente hagan lo que quieran en medio de una comunidad acrática y dependiente de sus veleidades. Será necesario un estado jurídico político que se ocupe de gestar acciones inteligentes y solidarias y las lleve adelante sin tener como metas únicas la ganancia y el lucro. Será necesario que el desinterés y la inteligencia guíen de una vez por todas el destino de la humanidad.-