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miércoles, 16 de marzo de 2011

Recordando a T.S. Eliot, a quien quisiera haber conocido.

Particularmente
me gusta
pasear por las tardes
en la ciudad abierta.
Un hombre me echa algo
de su materia gris
mientras fuma distraídamente.
Una mujer pasa
sobre otra mujer
con mejillas de rosa arrebolada.
Camino sin intentar entrometerme,
con una pausa en el bolsillo,
con un carrusel de preguntas
colgado de mi cuello
como un collar de dijes,
baratijas o penurias.
Cosas se elevan,
cánticos o edificios
viajan por el cielo
de la ciudad agreste.
El riachuelo de luto
como siempre.
La fina serpentina
de la tarde que pasa.
Gente que vuelve de trabajar.
densa como una bruma,
anónima.
Destinos,
sueños,
almenares,
torres,
apuradas,
metejones,
calles,
mujeres,
extravíos.

Te recuerdo sin embargo.
En la ciudad abierta te recuerdo
Y no te conozco.
No te conozco.
Juro.
No te conozco
¿Cómo entonces puedo recordarte?

Entorpezco.
Caigo de mi mismo.
Como tantas otras veces.
Caigo de mi mismo.
Y de los otros caigo
No sólo de mi mismo.
Veo a mis costados
Veo hacia arriba de mí.
Veo detrás de mí
Y alrededor de mí.

Hago mis cuentas
Y voy pensando.
Cuando era niño.
Mi padre
Su biblioteca
Los versos de Darío:
“El varón que tiene corazón de lis…”
Me friego una mano con la otra
Se acerca abril,
Corazón del otoño,
cifrado,
se acerca,
en forma de escozor.
Lo saludo con mi imaginación.
Le doy la mano.
Es alguien transparente
que, por supuesto,
carece de entidad,
no tiene cuerpo.
Bueno, le digo,
usted tampoco tiene tiempo,
ni destino, me dice,
no hay destino.
Y se queda mirándome,
sonriente,
como si fuera un hombre.