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viernes, 29 de junio de 2012

UNA MUJER DESNUDA


Una mujer desnuda nos convierte
en seres inundados por la magia,
en torsos perfumados,
en garañones suaves
extremados guerreros,
espléndidos jinetes.

Una mujer desnuda
oficia y teje en el altar desnudo de la luna
y nos hila en la rueca y enmadeja
para guardar en un ovillo inerme
pánicos que nos aquejan desde siempre.

Es la sacerdotisa de todos los secretos,
desprendida del sayo de las hipocresías;
la que muele en su sexo la canora rutina
del embrutecimiento, la opacidad del macho,
y lo limpia de estólidas memorias
para que gima y goce y se libere.

Una mujer desnuda y en el lecho
alumbra el corazón de la tiniebla
y la ilusión, su llama transparente,
funde la sordidez, inyecta cielo
en la matriz abierta de la nada.

Es la que alegra el tacto en nuestras manos
y roza con sus conos de turgente tibieza
lánguida, arrolladora, el pecho quijotesco,
la pobreza cerril y zumbadora
del zángano viril que nos abruma.-