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domingo, 27 de noviembre de 2011

IMPÍA SEDUCTORA



Soy una impía seductora,
sí, lo soy, me reconozco en ello,
me atavío de loba cual atávica divisa,
y vago por los montes
libando de regueros enfangados,
acecho y contoneo mis cuadriles
con el frenético ritmo que imprime la cacería de un gamo,
y cuasi levitan mis almohadilladas zarpas
sobre la agreste espesura.


Soy una impía seductora,
sí, lo soy, me reconozco en ello,
una mayestática Cleopatra
parida del vientre de una mullida alfombra,
quizás una Circe hechicera cuyas pociones
transformen en cerdo a más de uno…
Sí, lo reconozco, soy una impía seductora,
una hechicera, una bruja, en suma,
de la peor ralea.

Pero tú, que me miras desde
tu pedestal de oro pulido y fino,
desde esa torrecita de marfil
que no aguantará ni medio asalto de un peso pluma.
Tú, que te empeñas en resistir a mis encantos,
¡Ay, pobrecito!
No va a quedar de ti ni los laureles de César,
ni los de Marco Antonio tampoco,
¡a ver qué te piensas!
ni siquiera la piel del gamo,
ni uno solo de los cerdos
para regresar a Ítaca sano y salvo.

Porque esta Circe o Cleopatra,
o loba siquiera,
va a lamerte hasta el tuétano,
a fagocitarte hasta la esperanza,
va a enseñarte
que cuando una hembra quiere,
¡y yo quiero!
no hay fuerza humana de macho
que resistírsele pueda.



Mayte Dalianegra (Pintura de Sir Francis Leighton)