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martes, 29 de noviembre de 2011

El origen de la vida


Tú, te me haces de día cada noche,
horas en que tu cuerpo repta y busca
con zarpas sigilosas y fulgor de reproche
el cuerpo de mi cuerpo en una brusca
sucesión de deseo y sed lupina.
Se extienden tus caderas y vertical tu sexo.
te hace rampante hembra turbia y fina,
metida en la pulsión a la que anexo,
mi propio ser que ingresa en tus latidos
hundiéndose en tu puerta femenina.
Lúbrica en el fulgor de tus tejidos
la pasión que desnuda y que fulmina
el tiempo del planeta que en el polvo termina.

Tú, siendo ya el comienzo de la vida;
la material, de sangre y de ceniza,
que a la nada nos quita y nos olvida
en las manos del tiempo y de su prisa.
Tú, comienzo de todo, recia gruta,
deliciosa y jugosa, antigua fruta,
escandida, encendida; conducente
al laberinto que proteicamente
seguirá transformándonos y al vaso
que el tiempo escanciará, desocupándose
del gratuito sonar de nuestro paso
para dejar abierta y desbrozándose
la entrada de la vida en tu regazo.


Amilcar Luis Blanco (Pintura "El origen del mundo" de Gustave Courbet)