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viernes, 4 de noviembre de 2011

La verdadera cenicienta


La vigilia voltea la penumbra
y ella viste su cuerpo de fulgores.
Su voluntad alumbra
con tareas las penas y dolores.
Partirá de sus manos un zapallo
de soledad para almorzar sabores
hechos bajo la sombra de su tallo
y jamás la carroza con su paje
Y dolerá en su mano cada callo
cuando de tanto hacer su piel se aje
No habrá zapatito de cristal
que haga excepción para burlar las leyes
de la magia del bien para su mal,
ni consecuente príncipe, ni reyes,
ni hadas que la puedan redimir
de limpiar y fregar la luz del día
de la diaria ceniza del vivir
en el silencio de la medianía.
La ruda luz voltea la esperanza
y el equilibrio lento del castillo,
aleja el sueño lerdo de la danza
y denuncia sus párpados sin brillo.
La verdadera cenicienta viene
de siglos de trabajos y cadenas
con eslabones arduos y mantiene
sus ardientes y sórdidas condenas
en la carne doliente y castigada,
en un gesto de ninfa sosegada,
en conversar a solas con sus penas,
desnuda, toda fuerza, revelada.

Amilcar Luis Blanco (Pintura "El descanso de la criada" de Eduardo Sívori)