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jueves, 17 de noviembre de 2011

TORBELLINO


Me acerco al torbellino de pájaros de acero,
al vórtice en que naufragan los cruceros;
borde de tormenta caleidoscópico,
el Aleph macroscópico.
Y es un ciclón que irrumpe en un bosque de gnomos,
la gigantesca ola de cenizas,
de risas
y de cromos
bajo la que yace absorta blancanieves.
Sin embargo hay colores
de ebriedad y de flores
y prometen diademas esos esmaltes rojos y celestes.

Me acerco al torbellino salaz y desespero.
Es el triángulo en el que las bermudas se bajan sus enaguas
hasta tocar los fondos de las noches oceánicas
con los nudillos de sus manos en puño
Para encontrar detrás de las cenizas
y los rayos de esmaltes rojos y celestes
y detrás de las olas espesas como labios
algo de blancanieves, algo de avemarías
y escudos y castillos y resabios
de deseos cautivos en locas fantasías.

Me acerco pero huyo, porque si toco muero
la energía envolvente de un mar parido por sirenas
en olas de vorágines altisonantes pero amenas
y de humor absorbente y succiones lupinas,
húmedas y anilladas cual convulsas vaginas.
Acercarse al tormento, al misterio, al deseo,
meterse bien adentro de su incesante arreo,
tira como la yunta de bueyes del proverbio
unido al pelo tinto de celestial penumbra,
a lo doméstico ritual, a lo protervo;
lo que antes de voltearnos nos encumbra.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Guillermo Kuitca)